LA AYUDA ESTÁ EN CAMINO

 SEMBRADORES DE INCERTIDUMBRES 

Capítulo 2: “La ayuda está en camino”

A Filo le caían sobre el teclado del ordenador unos lagrimones como cerezas mientras contemplaba las impactantes imágenes de los destrozos que la Dana había ocasionado en Valencia. La pantalla le devolvía un panorama desolador: calles convertidas en ríos, coches apilados como castillos de naipes, contenedores apiñados junto a montañas de ramas flotando sin rumbo.

En el margen inferior de la pantalla, el recuento escalaba sin piedad: 220 muertos, los números crecían, y los desaparecidos aumentaban.

El caos en la ciudad había alcanzado proporciones bíblicas. Había saqueos y robos, gente sin escrúpulos que se aprovechaba de la situación.

Mientras tanto, los políticos de turno parecían haberse aprendido un guion de cinismo y resignación, anunciando con voces monocordes que “La ayuda estaba en camino”, como si pronunciar aquellas palabras mágicas fuera a despejar las nubes de golpe.

Filo suspiró y tomó otro sorbo de su té, un té que llevaba tanto tiempo en la taza que ya se le había enfriado. La frase se repetía en todas las emisoras, acompañada de acusaciones cruzadas entre los partidos, con unos culpando a los otros echando balones fuera y señalando a los meteorólogos como traidores. "Todo el mundo es meteorólogo después del desastre", pensó.

En ese desfile de excusas, Filo no sabía si reír o llorar. Aunque, bueno, ya estaba llorando, y las letras del teclado iban cogiendo un tono sospechosamente húmedo. Para salvar su “dignidad” (si es que alguna vez la habían tenido), los políticos no hacían más que discutir y esparcir incertidumbre a diestro y siniestro, además de salir corriendo con el rabo entre las piernas cuando los increpaban.

Pero mientras los despachos se inundaban de retórica vacía y memes de solidaridad ficticia, Filo pensaba en los verdaderos héroes de la jornada: los vecinos que sacaban sus tractores, los jubilados que repartían bocadillos envueltos en papel de aluminio con frases de ánimo, y los chavales que se metían al agua para sacar a la gente de sus coches.

Y así, mientras la pregonada ayuda de los políticos brillaba por su ausencia.

Vibró el el móvil …era Lisa, —¿Que pasa? — preguntó, mientras se secaba los lagrimones bajo la atenta mirada de su mascota Bea. —¿Vamos a Valencia? — El grito de Lisa la sobresaltó — piden voluntarios para ayudar. En cuatro o cinco horas estamos allí, ¿Qué dices?.